A menudo, cuando recorro el centro de
Valencia, regresan a mi memoria a modo de pequeños recuerdos alojados en algún
lugar de uno de mis dos hemisferios –desconozco cuál de ellos– el ritual que
solía repetir con mi padre numerosos domingos. Cada semana, antes de acudir a
la calle Colón a comer a casa de mis abuelos, me llevaba a dar un paseo por la
plaza redonda. La plaza redonda de
Valencia representaba para cualquier niño –escribo en pasado porque dista mucho
de lo que ahora representa– un lugar donde satisfacer la curiosidad innata que
cualquier renacuajo de ocho años lleva dentro.
La Plaza
Redonda de Valencia –antigua plaza Nueva o Del Cid– fue construida por Salvador
Escrig en 1840 y destinada al pequeño comercio. La situación de la plaza,
enclavada en el casco histórico, es bastante singular. Al contrario de muchas
plazas conectadas por grandes avenidas, esta se encuentra conectada por
numerosas calles, todas angostas, lo que le confiere un carácter anárquico al
que pasea por ella. Para todos los valencianos, acudir los domingos a la Plaza
Redonda significaba dar un paseo por la historia, por la cultura del mercadeo
callejero. Indagar en sus numerosos puestos que dentro y alrededor de ella se
levantaban donde el paseante podía observar, curioso, como se vendían infinidad
de objetos que iban desde discos y juguetes hasta aves exóticas, animales
vendidos en las esquinas de las calles o el famoso intercambio de cromos, donde
los padres más avispados se erigían como pavos reales en grandes héroes para
sus hijos, ávidos del cromo más solicitado, ya fuera de futbolistas, de Garfield
o del dibujo animado de turno. Imagínense
la satisfacción de los padres. Y de los hijos.
Y en medio
de toda aquella multitud me encontraba
yo numerosos domingos de la mano de mi padre, devorando puesto a puesto, absorbiendo como
una esponja todo lo que allí veía,
numerosos objetos, animales, artículos inservibles que eran grandes
tesoros para la imaginación de cualquier pequeño. Y era esa mezcla de culturas,
de gentes, esos infinitos puestos donde se vendía legal o ilegalmente cualquier
objeto que pasara por la imaginación de un niño o la necesidad de un adulto, lo
que le confería a aquel espacio un carácter mágico, entrañable. Pero como todo
en esta vida, aquél espacio reducido, convertido en la cueva de los tesoros de Alí
Babá para todo aquél que lo recorriese, llegó a su final. Por suerte esto me pilló ya de adulto y ninguna
ley puede sesgar mi memoria.
Llegaron las
leyes europeas, esas de las que tanto se enorgullecen nuestros líderes y que
tanto sufrimos el resto. Y como es lógico, la primera acción ya desmembró una
de las columnas vertebrales de la actividad de la plaza; fuera animales. Todos
los animales en tiendas, nada de venta ambulante y pagando religiosamente sus
impuestos –para eso no fallan las leyes, europeas o españolas–.
Y claro, todos los vendedores, cambiadores, comerciantes de pájaros que
inundaban sus calles, fueras. Zas. De un hachazo, todos desaparecidos. Ya no
tienes pajaritos ni perritos que mirar, chaval. Te vas a las tiendas a que te
hagan factura. O te bajas las fotos de internet.
Como si no
hubiera habido bastante con esto, en 2012, a nuestros mandatarios de turno, les
nace la imperiosa necesidad de hacerse la foto en la plaza, de erigirse como
salvadores del casco histórico dejando el lugar bien limpio, todo pulcro y
cuidado, no vaya a ser que los turistas se nos quejen y cuando viajemos a
Europa en busca de generosos apoyos a nuestros grandes e inservibles proyectos nos digan que nuestro casco
histórico huele a mierda blandita española. Y por el artículo trece de sus soberbios
cojones, no se les ocurre otra idea mejor que limpiar la plaza y aledaños de
vendedores y puestos ambulantes, de
comerciantes de rarezas y del bullicio que otrora inundó las calles y la
plaza.
Y efectivamente,
la plaza les ha quedado perfecta. De cine. Ni un puesto alrededor de la plaza,
los ladrillos bien relucientes y los únicos pájaros que se ven –a excepción de la
pajarería que sobrevive en uno de los edificios– son las palomas y estorninos
que sobrevuelan la ciudad. De puestos ambulantes, como mucho algún sudafricano
exponiendo su top manta con un ojo puesto en los discos y el otro en las esquinas
por si tiene que dar el agua. Los guiris encantados con tanta seguridad y las
calles tan limpias. La vida, ordenada, debidamente contabilizada, todo en su
sitio. Los gobernantes henchidos de orgullo por sus reformas. Pero pregunten a
algún valenciano qué es lo que prefiere, pregunten a aquellos que la visitaban
todos los domingos y cuando lo hagan mírenles a los ojos. Los verán rebosantes
de nostalgia.
A veces el
desarrollo no es el mejor acompañante. La
magia de algunos lugares a veces reside en su propio desorden, en la anarquía
de sus lugares, en la mezcla de clases y gentes. Y ningún plan de ordenamiento
urbanístico puede conservar esta magia. Hay lugares que deberían quedar intactos, ajenos a
leyes ni intereses políticos.
Si tienen
ocasión visiten la plaza. Es preciosa. Pero cuidado si van acompañados de
pequeños, porque el tedio de sus hijos les obligará a volver pronto a casa.